La ciencia del siglo XXI es
mucho más compleja que la ciencia en tiempos del empirismo inglés,
del positivismo de Comte, del Círculo de Praga o de la ciencia de
dos contextos propuesta por Reichenbach.
Esta tendencia se mantiene desde comienzos del siglo XX. La
complejidad de la ciencia, según Asimov (2003), se ha intensificado
con los años. Las publicaciones científicas se han hecho cada vez
más copiosas e incomprensibles para los profanos. Mientras la
ciencia fue una ciencia
deductiva o axiomática,
la filosofía natural pudo formar parte de la cultura general de todo
hombre educado. Pero la ciencia
inductiva o experimental
cambia la situación. La ciencia inductiva representa una labor
inmensa, de observación, estudio y análisis; y por ello, la ciencia
dejó de ser un juego para aficionados.
Los científicos han creado un
léxico sólo entendible por especialistas. Esto ha hecho que muchos
jóvenes se alejen del mundo de la ciencia. Y no sólo eso, en la
década de 1960 – 1970, debido a catástrofes relacionadas con la
tecnología, como los primeros accidentes nucleares o envenenamientos
masivos, se hizo perceptible entre los jóvenes, incluyendo a los de
formación universitaria, una reacción abiertamente hostil contra la
ciencia.
Quienes tienen este punto de
vista opinan que nuestra sociedad industrializada se funda en los
descubrimientos científicos y que éstos mismos descubrimientos la
perturban. Las técnicas médicas cada vez más perfectas conducen a
un incremento excesivo de la población; los motores de combustión
interna envenenan la atmósfera y la creciente demanda de materia
prima destruye la corteza terrestre; además de los riesgos de
accidentes industriales que podrían ocasionar grandes tragedias,
como la ocurrida en Fukushima, Japón, debido a la fuga de gases
radioactivos en un reactor nuclear, a comienzos del siglo XXI.
Consecuencia de estos
movimientos sociales son las organizaciones
ecologistas y
las protestas
públicas
contra el uso civil y militar de la energía nuclear, además del
surgimiento del moderno Síndrome
de Frankenstein.
Este síndrome, según López Cerezo, hace referencia al temor de
que las mismas fuerzas utilizadas para controlar la naturaleza se
vuelvan en nuestra contra, destruyendo al ser humano.
En oposición a este punto de
vista, según López Cerezo (2017), la concepción clásica de la
ciencia siempre ha respondido a un modelo lineal unidireccional de
desarrollo; es decir, mientras
más se desarrolle la ciencia, habrá más tecnología, más riqueza,
más bienestar social.
Pero advierte este mismo autor que para que la ciencia contribuya al
mayor bienestar social es necesario que se olvide de la sociedad para
buscar exclusivamente la verdad. Agrega, también, que sólo es
posible que la tecnología pueda actuar de cadena transmisora en la
mejora social si se respeta su autonomía, si se olvida de la
sociedad para atender únicamente a un criterio interno de eficacia
técnica. Ciencia y
cultura son presentadas, así, como formas autónomas de la cultura
(López Cerezo,
2017).
Esta concepción clásica de
la ciencia y la tecnología, en la que son vistas como autónomas,
recibe su formulación canónica en el empirismo lógico que surge de
la filosofía de la ciencia en la década de los 20 y 30, de la mano
de autores como Rudolf Carnap, en alianzas con las aproximaciones
funcionalistas en la filosofía de la ciencia en la década de los
40, en las que destaca Robert Merton.
Este reclamo de autonomía por
parte de la ciencia y la tecnología tiene lugar poco después de la
Segunda Guerra Mundial. Es justo en este tiempo en el que se
desarrolla ENIAC, la primera computadora hecha en 1946; se realiza el
primer trasplante de órgano, al trasplantarse un riñón, en 1950;
se emplea la energía nuclear para un medio de transporte, el USS
Nautilus, en 1954; y se inventa la píldora anticonceptiva en 1955. Y
es en este ambiente en el que se elabora el manifiesto para la
autonomía de la ciencia, tarea que correspondió a Vannever Bush,
director de la Oficina para la Investigación Científica y el
Desarrollo en EEUU, además de participación en el Proyecto
Manhattan.
El manifiesto hace énfasis en
que el financiamiento
público a la ciencia e investigación básica,
promueve la autonomía de la institución científica frente al
control político y al escrutinio público, dejando en manos de los
propios científicos la localización de recursos propios, el sistema
de incentivación del conocimiento, además de favorecer la
proyección a largo plazo de la investigación, lo cual era
beneficioso para satisfacer la demanda militar.
Los productos mostrados al
público serían el crecimiento económico y el progreso social. Bajo
este orden de ideas, se suponía que la ciencia y la tecnología
habían ayudado a EEUU a ganar la Guerra Mundial y ahora los ayudaría
a ganar la Guerra Fría contra URSS.
Sin embargo, cuando el Sputnik
I, el primer satélite artificial, se mostró en televisión en todo
el mundo, causando conmoción social, el mundo llegó a una misma
conclusión: La Unión Soviética se halla en la vanguardia de la
ciencia y la tecnología. Estados Unidos pierde la Guerra Fría. Como
respuesta a este evento tecnológico, Estados Unidos, en 1958, crea
la National Aeronautic and Space Administration (NASA).
La revisión del modelo lineal
occidental del desarrollo ciencia-tecnología-sociedad, parecía
entonces necesaria.
Para algunos autores, como
González García, citado por López Cerezo, este es un punto de
quiebre. Después del Sputnik I, según el autor, los efectos de la
ciencia en la sociedad no hacen más que empeorar, acumulándose una
sucesión de
desastres
vinculados al desarrollo de la ciencia y la tecnología, tales como:
contaminación; efectos ambientales debido al uso de plaguicidas como
el DDT; envenenamientos farmacéuticos; accidentes nucleares como el
del reactor de Windscale en Inglaterra y la explosión del depósito
nuclear Kyshtym en los Urales, ambos ocurridos en 1958; o el
hundimiento de submarinos durante la década de los 60; los apagones
en la ciudad de Nueva York en 1965; la colisión, en 1966, de un B-52
con cuatro bombas de hidrógeno en Almería, causando contaminación
radioactiva; el derramamiento de petróleo en las playas del sur de
Inglaterra en 1967 o las constantes protestas contra la Guerra de
Vietnam, el industrialismo y la tecnología moderna, término, este
último, relacionado con armamentos, codicia y daño medioambiental.
Es justo después de la década
de 1960, cuando la vieja política que dejaba la regulación de la
ciencia y la innovación tecnológica como un asunto de control
corporativo interno, comienza a transformarse en una nueva política
más intervencionista, donde los poderes públicos desarrollan y
aplican una serie de instrumentos técnicos, administrativos y
legislativos para el encausamiento del desarrollo
científico-tecnológico y la supervisión de sus efectos sobre la
naturaleza y la sociedad (López Cerezo, 2017) (p. 15).
Aparecen, entonces, en Estados
Unidos, varias agencias destinadas a la evaluación de tecnologías y
su impacto ambiental, como la Environmental Protection Agency (EPA);
la Office of Technology Assesment u Oficina de Evaluación de
Tecnologías, en 1972; La Nuclear Regulatory Commision o Comisión de
Regulación Nuclear, en 1975.



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